Cuando hablamos de contaminación, lo primero que nos viene a la mente es el transporte, los pesticidas o el sector agrícola. Por desgracia, la cuestión no se queda ahí. Todas nuestras acciones cotidianas tienen un impacto medioambiental a mayor o menor escala. Y esto también afecta a nuestra vida digital. De hecho, la contaminación digital, impulsada por un consumo desenfrenado de contenidos digitales, no deja de aumentar. Está ganando terreno y se está convirtiendo en motivo de preocupación debido a lo rápido que se desarrolla. Entre los correos electrónicos, el streaming, las redes sociales que fomentan el formato de vídeo y el desarrollo del 5G, lo digital está omnipresente en nuestras vidas y, por lo tanto, no deja de tener consecuencias. La ecología digital ha surgido, pues, para contrarrestar los efectos negativos del consumo excesivo de material informático y de contenidos en línea.
La contaminación digital, a la vez omnipresente y preocupante
Si bien la mayoría conoce las consecuencias de nuestros hábitos de consumo en materia de alimentación, ropa, cosméticos o transporte, las del ámbito digital aún no se han integrado plenamente en nuestra cultura. Y con razón: se trata de un tema aún poco desarrollado que se aborda con timidez. Sin embargo, según los últimos datos de la ADEME ( Agencia de Medio Ambiente y Control de la Energía), la contaminación digital representa el 3,5 % de las emisiones de gases de efecto invernadero a escala mundial (1,5 veces más que el transporte aéreo) y el 2,5 % de la huella de carbono en Francia.
Según las estimaciones de la Comisión de Información del Senado sobre la huella medioambiental, se prevé que, para 2040, las emisiones de gases de efecto invernadero del sector digital representen cerca del 7 %.
Esto afecta, en primer lugar, al material físico (teléfonos, pantallas, ordenadores, tabletas)… desde su diseño, con materias primas escasas cuya extracción consume mucha energía y agota los recursos naturales, hasta su transporte, su uso y su fin de vida útil. Lamentablemente, cuanto más avanzado es tecnológicamente un producto digital, mayor es su impacto en el medio ambiente. A modo de ejemplo, la ADEME indica que se necesitan 800 kg de materias primas para fabricar un ordenador de 2 kg. Además, se estima que se necesita 80 veces más energía para fabricar 1 gramo de un smartphone que para fabricar 1 gramo de un coche.
El reciclaje de los dispositivos conectados no es tarea fácil. De hecho, suelen ser más finos y discretos, sobre todo los smartphones, lo que hace que los materiales que los componen sean más difíciles de separar.
Internet tampoco se queda atrás. Los contenidos digitales crecen a un ritmo vertiginoso. El comercio electrónico, los vídeos, las aplicaciones de mensajería, el streaming… Según un estudio de Médiamétrie, los franceses navegan por Internet una media de 2 horas y 25 minutos al día. Si a eso le sumamos el trabajo de oficina y las comunicaciones por mensajería o correo electrónico durante el teletrabajo, el tiempo que pasamos frente a las pantallas es enorme.
La huella de carbono del vídeo en línea es una de las más importantes del ámbito digital. Según The Shift Project, el vídeo bajo demanda(VoD), las páginas web de vídeos pornográficos y sitios como YouTube representan el 1 % de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero.
Los centros de datos son instalaciones que permiten gestionar las redes informáticas, así como los espacios de almacenamiento. A nivel mundial, el consumo energético del conjunto de los centros de datos supera al de Francia. Con el auge del teletrabajo y los dispositivos conectados, su desarrollo resulta indispensable. Hay que tener en cuenta que el 40 % de la energía que consumen estos centros de datos se destina a su refrigeración.
En cuanto a los correos electrónicos, recibimos algunos cada día, sobre todo a través de los boletines informativos. Se estima que el 80 % de los correos no se abren. Correos electrónicos que, muy a menudo, permanecen almacenados indefinidamente en nuestras bandejas de entrada. Esto supone entre 10 000 y 50 000 correos almacenados innecesariamente por cada francés. Un boletín informativo equivale a unos 10 g de CO₂, y un correo con un archivo adjunto aumenta esta cifra de 4 a 50 g de CO₂, dependiendo del tamaño.
Por último, la llegada del 5G acentúa las preocupaciones, ya que, en diciembre de 2020, un informe del Alto Consejo para el Clima señalaba que su implantación aumentaría la huella de carbono del sector digital entre un 18 % y un 45 %.
Adoptar los hábitos adecuados para fomentar la ecología digital
Prestar atención al consumo de productos y contenidos digitales es responsabilidad de todos: tanto de profesionales como de particulares. Es posible adoptar una sobriedad digital tanto en el trabajo como en casa, sin renunciar a la comodidad a la hora de utilizar Internet.
Todos los correos electrónicos que no se borran se almacenan en los servidores. Para evitarlo, revisa tu bandeja de entrada con regularidad y elimina los boletines informativos obsoletos y todos los correos ya gestionados que no sea necesario archivar, sin olvidar el spam. Darte de baja de los boletines informativos que ya no te interesan evita que la bandeja de entrada se sature innecesariamente.
No hay que caer en la tentación de cambiar de móvil con demasiada frecuencia si este todavía funciona y no hay una necesidad real de hacerlo. Por desgracia, a veces nos atrae el cambio por el simple placer de tener un producto nuevo, pero aprovechar al máximo la vida útil de nuestros dispositivos es hoy en día un gesto ecológico importante. Según datos de la ADEME, en Francia habría entre 54 y 100 millones de teléfonos en buen estado guardados en nuestros cajones. Esto demuestra que aún queda un amplio margen de mejora por recorrer. Hay que pensar en el mercado de segunda mano a la hora de vender los teléfonos que ya no utilizamos.
En cuanto a la experiencia de navegación, desactivar la reproducción automática de vídeos en las redes sociales es un gesto más hacia un consumo más ético.
Hay otros hábitos sencillos que se pueden adoptar en el día a día, como cerrar las pestañas de Internet que no se estén utilizando o apagar el router por la noche.
No hay que subestimar el impacto de estos pequeños gestos, que cobran importancia cuando somos muchos los que los ponemos en práctica.
